El Músico Invisible #4 – Profesores y mentores

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Imaginate que querés aprender holandés, y te planteás dos maneras distintas de hacerlo. Una manera es entrar a un instituto y aprender el idioma desde sus reglas. Otra manera es mañana mismo subirte a un avión, llegar a Holanda y estar inmerso en esa cultura hasta terminar aprendiendo el lenguaje. No es que haya que elegir una manera o la otra, por supuesto, pero el ejemplo puede resultarnos útil para pensar en las ventajas y desventajas de cada alternativa.

Entrar a un instituto y conocer el lenguaje por vías académicas es un camino ordenado y metódico, pero que probablemente te lleve a conocer las reglas antes que su aplicación concreta. Irte a Holanda sin saber una palabra del idioma será absolutamente caótico (¡y los primeros días no serán sencillos!), pero de a poco sucederá un proceso casi inconsciente a través del cual podrás expresarte cada vez mejor (como cuando aprendimos nuestra lengua materna). Vas a aprender el acento y el lunfardo pero, claro, probablemente termines hablando en forma desprolija. “Yo querer un ensalada” es una frase que resulta entendible, pero que claramente no proviene de un experto en el idioma.

Siendo que hay ventajas y desventajas en ambos escenarios, y sabiendo que el secreto siempre está en encontrar el justo medio entre dos extremos igualmente viciosos, podemos combinar ambas alternativas. ¿Qué tal si primero aprendemos unas palabras básicas en el instituto, y luego vamos a Holanda? ¿Qué tal si después de unas semanas en Holanda volvemos al instituto y aprendemos algunas reglas? Quizás el secreto sea hacer dialogar la teoría y la práctica, siempre recordando que la teoría nunca puede definir lo que hacemos, sino que simplemente intenta describir nuestra actividad. André Bretón decía “al principio, no se trata de entender sino de amar”. Claramente, no tiene sentido aprender holandés sin tener el genuino interés de aplicar en forma concreta ese nuevo lenguaje que estamos adquiriendo.

Si en vez de pensar en aprender holandés ahora pensamos en el modo en el que se aprende una profesión (ya sea ser músico, futbolista, carpintero, ingeniero o abogado), sin duda vemos esa diferencia en lo que llamaríamos “aprender una ciencia” y “aprender un oficio”. Aprender ciertas profesiones tiene que ver con formarse -generalmente- desde la experiencia misma (músico, futbolista, etc.), mientras que otras típicamente implican una vía académica (ingeniero, abogado, etc.). Pero, aún en estas profesiones que suelen implicar años dentro del aula, ¿qué aprenderíamos si tuviéramos la posibilidad de estar codo a codo con alguno de los referentes de nuestro campo? ¿En qué sentido ese conocimiento, directamente desde la práctica, sería distinto –no necesariamente mejor o peor- que el conocimiento desde la teoría? Siempre digo que ninguna cosa importante puede ser enseñada pero, por suerte, toda cosa importante puede ser mostrada.

Quizás la mayor diferencia entre la vía académica y la vía de la experiencia sea la relación entre las personas en el proceso de la enseñanza y del aprendizaje. Mientras que la vía académica suele ser una persona transmitiendo un conocimiento a un grupo de estudiantes (siguiendo un programa estructurado previamente), la vía de la experiencia tiene que ver con esa vieja costumbre de mentor y alumno. Y, si algo hemos aprendido de ver Karate Kid (o, en su versión musical, la película “Encrucijada”), es que hay mucho por rescatar de este concepto.

Yeats dijo que “la educación no es llenar vasos, sino encender fuegos”, en línea con una frase de Plutarco que dice “el cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender”. Hay algo entonces en la manera de aprender un oficio, desde la experiencia misma, que lleva a un conocimiento inconsciente que define en profundidad la actividad que realizamos. En la relación alumno-mentor, y sabiendo que cumplimos ambos roles al mismo tiempo (ya sea enseñándonos a nosotros mismos o en relación con los demás), es bueno recordar esa gran frase de Freire: “enseñar no es transmitir conocimiento, sino generar la posibilidad de producirlo”. Es a través de la experiencia y la producción personal que el error deja de ser algo que queremos evitar, y se transforma en una positiva señal de que estamos efectivamente exponiéndonos a un conocimiento nuevo.

¿Cuál es entonces la diferencia entre la forma en la que aprendimos nuestra lengua materna, y la manera en la que aprendemos un lenguaje cuando somos adultos? Es llamativo que al hablar castellano podemos aplicar las reglas del idioma en forma muy avanzada, aún sin poder definir las reglas que estamos usando. Llevado a un ejemplo práctico: quizás no sabemos lo que es el pretérito pluscuamperfecto, ¡pero probablemente sabemos usarlo bien al hablar! Aunque, claro, si lo que queremos es ser escritores en algún momento indefectiblemente tendremos que recurrir a la definición formal de las reglas.

A veces consideramos que al aprender a través de vías académicas hay métodos y procedimientos a seguir (el instituto de holandés), mientras que la vía de la experiencia está librada a la suerte (irse a Holanda). Nada de eso. Hay un método. Hay pasos que le dan forma al proceso. Hay una lógica detrás del conocimiento a través de la experiencia.

“Imitar, internalizar, innovar”, una gran frase del enorme Clark Terry, y una filosofía que veremos en detalle en una próxima columna de “El Músico Invisible”.

 

“El Músico Invisible” es una columna mensual acerca de la música, el arte y el hecho artístico. Aparece en la revista de Angostura VideoCable, llegando a una gran cantidad de hogares de la ciudad de Bariloche. Podés leer todas las entregas en http://www.pedrobellora.com.ar/como-docente/textos/el-musico-invisible/ . Revisión de texto por Marta Carbonero, Valeria Italiani y Martina Gelardi.